El siguiente artículo fue escrito en la madrugada del miércoles al jueves 21, en la estación de trenes de Dortmund, y transcrito ahora para tu uso y disfrute.

Después de intentar alquilar un coche, y no conseguirlo por no tener tarjeta de crédito, mato el tiempo escribiendo esto en mi agenda. Lo que era un viaje de cinco horas -dos y media en avión y dos y media en coche- se ha convertido -así de pronto- en uno de 15 -dos y media de avión, bus hasta la estación de tren, espera de cinco horas, y dos trenes más-.

Estoy en un bar de la estación, el único que abre de 6 a 5 de la mañana. Ya te puedes imaginar la gente que -a parte de mí- ronda estos lugares. Y como no tengo mucho que hacer, ni mucho sueño, agudizo mis sentidos -especialmente dos de ellos- para recoger la siguiente conversación.

ConversacionesNo se conocen, ni siquiera se habían visto antes. Ella, francesa, pero con rasgos argelinos, joven (35). Sentada en una esquina del bar. No ha pedido nada. Él entra en el bar. Alemán. Ya está borracho, pero lo primero que hace es pedir una cerveza. Chaqueta de cuero, vaqueros, gorra de cuadros. Pelo canoso y largo. Se sienta en la otra punta. Al pedir la segunda cerveza, se acerca -no a mí, sino a ella-. Y dice…
¿Te interesa? ¡Sigue leyendo! »